En La Margarita, la leche tiene aroma a tecnología: historia y secretos del primer tambo robotizado de Argentina
28 de Junio de 2026
La imagen parece salida de una película futurista: vacas que se acercan por voluntad propia al ordeñe, sensores que monitorean su salud en tiempo real y operarios que ya no arrancan la jornada de madrugada para reunir el rodeo.
Sin embargo, para la familia Montechiari, en Monte Maíz, Córdoba, esta realidad lleva varios años siendo parte de la vida cotidiana.
En 2019 se convirtieron en pioneros de la robotización lechera en Argentina y hoy son uno de los principales casos de referencia cuando se habla de automatización en tambos de gran escala.
Su establecimiento “La Margarita” combina tecnología, bienestar animal y un manejo altamente profesionalizado que les permitió dar un salto productivo sin perder de vista la sustentabilidad.
Antes de participar en el Congreso Aapresid 2026, que se realizará del 4 al 6 de agosto en Rosario, Keisy Montechiari, bióloga y responsable del tambo familiar, compartió las claves de un modelo que desafía los esquemas tradicionales de producción.
DE UNA IDEA INNOVADORA A UN MODELO DE REFERENCIA
La historia comenzó mucho antes de los robots. Por iniciativa de Daniel Montechiari, la familia desembarcó en la producción lechera en 1989.
Menos de 10 años después ya operaban tres tambos y, con el correr del tiempo, expandieron su actividad hacia la industria láctea, desarrollando marcas propias y consolidando un grupo empresario diversificado.
La búsqueda permanente de innovación los llevó a observar experiencias internacionales. Mientras en Europa los robots de ordeñe mostraban resultados positivos en establecimientos pequeños, los Montechiari imaginaban un desafío mayor: adaptar esa tecnología a un sistema de gran escala.
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“La idea fue encerrar a los animales en sistemas confinados, y en Brasil vimos cómo combinaban el compost con los robots”, recordó Keisy sobre los primeros pasos del proyecto.
La apuesta se concretó con la incorporación de ocho robots de ordeñe de la firma Lely, que posicionaron a la empresa entre los dos establecimientos pioneros en Latinoamérica dentro del programa Dairy XL, diseñado para rodeos numerosos.
Actualmente, la firma maneja unas 1.400 vacas en total y alrededor de 400 producen bajo un sistema completamente automatizado.
EL VERDADERO SECRETO NO SON LOS ROBOTS
Aunque la tecnología suele llevarse toda la atención, Keisy insiste en que el éxito del sistema tiene otro protagonista.
“Sabemos que estamos haciendo algo diferente desde hace mucho tiempo, pero esto no es mérito exclusivo de la robótica. Lo fundamental es priorizar el buen manejo, mantener rutinas y establecer protocolos claros. Esa es la verdadera base de la productividad”, afirmó.
En el tambo robotizado, las vacas eligen cuándo comer y cuándo ordeñarse. Los animales circulan libremente dentro de las instalaciones y los robots registran cada movimiento, reduciendo el estrés y mejorando las condiciones de bienestar.
Sin embargo, la automatización también obliga a replantear completamente la organización del establecimiento.
“El tambo es un conjunto de factores que tienen que funcionar en sincronía: tecnología, sanidad, confort animal, alimentación y recursos humanos. Cuando todo eso está alineado, aparecen los resultados”, explicó.
Para la responsable del establecimiento, la capacitación permanente del equipo es tan importante como cualquier innovación tecnológica. “Se necesita mucha estabilidad y constancia en cada tarea. Se pueden incorporar robots y aun así no obtener buenos resultados si el manejo no es el adecuado”, remarcó.
MÁS LECHE Y REPRODUCCIÓN SORPRENDENTE
Los resultados comenzaron a aparecer rápidamente. Actualmente, el sistema robotizado alcanza un promedio anual de 40 litros diarios por vaca, frente a los 36 litros que registra el tambo convencional. El próximo objetivo es superar la barrera de los 45 litros.
Pero donde la diferencia se hizo realmente evidente fue en la reproducción. “En el sistema robótico registramos tasas de preñez anual del 36%, valores que nunca habíamos logrado antes y que todavía no alcanzamos en el tambo convencional, aun trabajando con los mismos protocolos”, señaló Keisy.
La mejora reproductiva se convirtió en una de las mayores ventajas del modelo, impulsada por el monitoreo constante de cada animal y la detección temprana de cualquier alteración. “La producción habla por sí sola”, resumió.
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NACE EL “TAMBERO 4.0”
La automatización también transformó profundamente el trabajo dentro del establecimiento. Las tareas tradicionales vinculadas al ordeñe desaparecieron, pero surgieron nuevas responsabilidades asociadas al análisis de datos, el seguimiento sanitario y la gestión del rodeo.
Keisy define este nuevo perfil como el del “tambero 4.0”. Ya no es necesario reunir las vacas ni conectar manualmente los equipos de ordeñe. Ahora el personal supervisa el funcionamiento del sistema, identifica animales rezagados y ejecuta las acciones que indican los programas de monitoreo.
“El trabajo pasa por lograr que todos los animales se ordeñen, realizar las tareas sanitarias y mantener la limpieza. El sistema aporta información, pero después hay que actuar sobre ella”, explicó la entrevistada.
La propia empresaria reconoce que la tecnología también cambió su historia personal. “Si no hubieran estado los robots, probablemente yo misma no habría terminado haciéndome cargo del tambo”, confesó.
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BIENESTAR ANIMAL Y PRODUCTIVIDAD
Uno de los debates más frecuentes alrededor de los sistemas intensivos enfrenta productividad y bienestar animal como si fueran conceptos opuestos.
Para Keisy, esa discusión carece de sentido. “Son falsas dicotomías. En nuestro caso, el confort de la vaca y los altos niveles de producción van de la mano”, sostuvo.
Los galpones cuentan con ventilación permanente para reducir el estrés térmico, sistemas de aspersión en las líneas de alimentación, agua disponible en todo momento y camas de compost renovadas periódicamente para garantizar higiene y confort.
A eso se suma el uso de collares electrónicos que monitorean actividad, comportamiento y parámetros de salud en tiempo real. “Aporta muchísima información. Lo importante es saber qué mirar y actuar rápido cuando aparece una alerta”, explicó.
CERRAR EL CÍRCULO PRODUCTIVO
La visión de la familia Montechiari no termina en la producción de leche. Inspirados en modelos estadounidenses, desarrollaron un esquema de economía circular que conecta las distintas actividades de la empresa y reduce el impacto ambiental.
Uno de los ejemplos más visibles es el aprovechamiento del purín generado por el rodeo. Tras un proceso de compostaje y estabilización en lagunas específicas, ese material se transforma en fertilizante para los lotes agrícolas.
Los resultados también son medibles. “Llegamos a aumentar un punto la materia orgánica de los suelos y alcanzamos niveles de entre 100 y 120 partes por millón de fósforo. De hecho, hoy ya no necesitamos fertilizar con fósforo porque el sistema lo aporta naturalmente”, detalló.
Con más producción, mejores indicadores reproductivos y una integración cada vez mayor entre tecnología, bienestar animal y sustentabilidad, la experiencia de Montechiari demuestra que el tambo del futuro ya está funcionando. Y, en muchos casos, las vacas son las primeras en marcar el camino.