Custodio de una mística: Luis, el “artesano” que da vida a los viejos molinos de viento de la pampa húmeda

19 de Abril de 2026

Se puede confirmar que el campo argentino tiene una silueta que lo define. Es una cruz de hierro que se recorta contra el atardecer y que, para el ojo del paisano, es mucho más que un adorno. Es la señal de que allí hay cuidado, hay trabajo y, sobre todo, agua.

En la localidad bonaerense de Arroyo Dulce, en el extremo norte de la provincia, ese centinela de aspas metálicas tiene un guardián con nombre y apellido. Luis Alberto Colonnese no es simplemente un técnico; es un artesano del aire, un protector de los molinos de viento.

Su oficio, como el de tantos otros a lo largo y ancho de la Argentina, consiste en trepar al cielo para que la tierra siga pariendo vida. En una era donde el botón y el chip parecen desplazarlo todo, el chirrido rítmico de un molino aceitado por “un molinero” suena como un latido de resistencia, un recordatorio de que la nobleza de lo antiguo tiene una vigencia que ninguna batería puede igualar.

Para comprender la pasión que mueve a este hombre, hay que ensuciarse las manos con el barro de la nostalgia. Luis no eligió este camino por descarte; lo heredó por amor. “Yo viví eso desde los brazos de mi tío”, cuenta en diálogo con Infocampo, con una voz que se quiebra por el peso de los recuerdos.

Su tío y padrino, Ángel Antonio Colonnese, fundó el taller familiar en 1972, marcando el destino de un sobrino que, a los nueve años, ya prefería el aroma a grasa de litio y el frío del acero antes que cualquier juguete.

RESTAURADOS DE MOLINOS DE VIENTO

Mientras el mundo cambiaba a pasos agigantados, Luis aprendía que el viento no es solo clima, sino una fuerza que se doma con respeto. Ese aprendizaje temprano forjó en él una misión: ser el custodio de una mística que hoy, en medio de la tecnificación extrema, corre el riesgo de volverse silencio.

Este oficio, que muchos llaman despectivamente “cosa del pasado”, es en realidad una ingeniería de precisión que requiere de manos de seda y nervios de acero. Colonnese habla de los molinos con la ternura con la que un médico habla de un paciente antiguo.

No se trata solo de ajustar un tornillo, sino de entender el lenguaje de máquinas que tienen más de 100 años y que aún tienen mucho para dar”, advierte sin dudarlo el protagonista.

En sus palabras se percibe el orgullo de quien es consciente de que posee un saber casi arqueológico, una técnica que no se enseña en ninguna facultad, sino que se mama en el potrero.

“Mi tío me enseñó el oficio y él lo heredó de un antiguo molinero con quien trabajaba y que también era oriundo de mi pueblo: Osvaldo “Lucho” Actis” recuerda con una mente llena de emoción.

HERENCIA DE HIERRO: LA FRAGUA DONDE SE FORJA EL FUTURO

La transmisión del conocimiento en la familia Colonnese es un pacto de sangre y paciencia. Hoy, Luis camina los lotes junto a su hijo Patricio, viendo en él un fiel reflejo de aquel niño que fue. Pero el maestro ha sabido evolucionar; sabe que el rigor de los antiguos “gringos” debe dar paso a la experimentación.

En el taller de los Colonnese, el hierro se funde con la libertad de aprender, permitiendo que la nueva generación encuentre su propia forma de dialogar con la máquina. Es un puente generacional que asegura que, cuando Luis ya no pueda trepar, habrá otros brazos dispuestos a sostener la llave inglesa para que el ganado siga teniendo su aguada fresca.

-¿Qué te genera al ver a tu hijo Patricio seguir tus pasos en un mundo que parece olvidar oficios?
-A él le estoy transmitiendo el oficio. Trabajamos juntos, pero hoy muchas veces le organizo el trabajo y él va solo con el ayudante a resolver el problema. Yo también a veces dejo que experimente. Porque nosotros hicimos un trabajo de una manera toda la vida porque nos resulta fácil, pero quizás la otra persona encuentra que es mucho más fácil hacerlo de otra forma. Mientras el resultado sea el mismo y el agua salga, no hay problema. Verlo a él ahí arriba me da la tranquilidad de que esta historia no se corta acá.

– Se dice que la mano de obra calificada para estas tareas está en peligro de extinción. ¿Qué sentís cuando te enfrentas a una máquina centenaria?
-Siento un respeto enorme. Hoy, con todo el tema de la tecnología, no quedan mecánicos para autos antiguos ni para molinos; no hay mano de obra de la de antes. Lo que pasa es que la práctica hace al conocimiento. Yo reparo máquinas de más de cien años donde se hacen trabajos a la antigua, como los antiguos matriceros. Metalizo los bujes con metal blanco, como se hacía en los motores Ford T o en las locomotoras de vapor. Es devolverle la vida a algo que fue hecho para que dure siempre.

EL DUELO CON LA MODERNIDAD: POR QUÉ EL VIENTO NUNCA PASARÁ DE MODA

En el norte bonaerense, por ejemplo, hubo un tiempo, durante el auge de la soja, en donde muchos productores pensaron que el molino era un estorbo. Las aguadas se cerraron, los tanques se secaron y la ganadería fue empujada a los rincones menos fértiles.

Luis vio cómo sus amados gigantes de hierro se oxidaban en el olvido. Sin embargo, el campo es sabio y a menudo vuelve a sus raíces. Hoy, con una ganadería que intenta salir a flote y competir positivamente con la agricultura, con la necesidad de ampliar las aguadas, el teléfono de los Colonnese vuelve a sonar con la urgencia de antes.

El productor redescubrió que, aunque la tecnología sumergible sea una valiosa ayuda, no hay nada tan fiel como el viento que sopla sin pedir nada a cambio. En el tablero de ajedrez de la producción agropecuaria, el molino es la pieza que nunca se rinde. Por ello, el entrevistado es testigo de esta reconversión:

“Molinos que estuvieron décadas parados hoy vuelven a girar, impulsando el agua hacia bebederos nuevos, distribuyendo vida en campos que habían perdido su esencia ganadera. Es una victoria de lo clásico sobre lo efímero”, sostiene convencido el entrevistado.

Para Colonnese, no hay competencia real con la electrónica; hay una convivencia necesaria donde el molino sigue siendo el pilar fundamental que garantiza que, pase lo que pase con la energía o el sol, el tanque nunca se quede vacío.

– ¿Es la bomba solar la sentencia de muerte para el molino de viento?
-De ninguna manera. La bomba solar sumergible es un complemento, especialmente para quienes tienen mucha cantidad de animales. Pero a menudo dependemos de esos temporales de varios días nublados donde la bomba solar falla, y ahí es donde el viento nunca te deja a pie.

-¿Ustedes comenzaron con la colocación de bombas solares en los últimos años?
-Sí, pero el viento siempre está, el molino funciona día y noche. Hemos colocado bombas solares para ayudar al molino, pero el molino no va a dejar de existir; las fábricas los siguen construyendo porque es un aliado insustituible.

-¿Qué es lo que más te duele cuando visitas un campo abandonado?
-Me duele el alma cuando una topadora arrasa con una tapera y se lleva puesta la historia de una familia y de una herramienta. Por eso valoro tanto a esos clientes que, cuando compran un campo nuevo, en lugar de desmantelar el molino antiguo, me llaman para restaurarlo. Ahí es donde entra mi ‘corazoncito hacia los fierros’. En mi taller tengo un pequeño museo con piezas antiguas, porque no quiero que nos olvidemos de dónde venimos.

EL CORAZÓN EN LA ALTURA: UN HOMENAJE A LOS HÉROES DISCRETOS DEL CAMPO

La figura de Luis Colonnese, allá arriba, desafiando el vértigo con la mirada fija en el engranaje, es una metáfora de nuestra propia identidad rural. Su labor trasciende la mecánica; es un acto de fe. “Cada vez que un molinero ajusta una biela o alinea un aspa, está permitiendo que un productor duerma tranquilo, sabiendo que su hacienda no sufrirá”, sostiene.

Es que se trata de un trabajo de una soledad inmensa y una responsabilidad absoluta. A veces, debe viajar hasta 200 kilómetros desde Arroyo Dulce para cumplir con su deber en otras localidades, porque sabe que un molino parado es una herida abierta en el corazón del campo.

Este relato es un homenaje necesario a todos los molineros, esos “bomberos” de la llanura que, como Luis, mantienen viva una tradición que se niega a morir. Es un llamado a los productores para que miren hacia arriba y reconozcan el valor de esa estructura que los acompaña desde siempre.

En este caso particular, que representa a tantas familias trabajadoras del viento, el molino no es solo hierro. Es el sudor de la familia Colonnese, es el legado del tío Ángel, es el futuro de Patricio y es, fundamentalmente, la garantía de que el campo argentino seguirá teniendo agua fresca para alimentar sus sueños.

Mientras en la inmensidad de la pampa escuche ese canto metálico y rítmico, el campo argentino sabrá que hombres como Luis siguen allí, custodiando el viento. Porque al final del día, los oficios más nobles son aquellos que se graban en el alma antes que en las manos, y contribuyen a que el viento nunca deje de soplar a su favor.

Un corral de historias: los Bigliante, la familia que busca mantener vivo el oficio de ser alambrador

Fuente:   InfoCampo